Luisi, la lechera de Canillejas: historia viva de San Blas-Canillejas
Tiene 91 años y es la memoria de todos los vecinos de Canillejas. Es María Luisa Martínez Saz, ‘Luisi, nuestra lechera’. La mujer que durante décadas se levantó a las seis de la mañana, con frío y con lluvia, para que en las casas no faltase la leche.
No llevaba uniforme, llevaba un cántaro. Junto a su marido, Juan Masedo (q.e.p.d.), fueron los encargados durante más de 40 años de suministrar la leche a todos los vecinos de Canillejas.
Hace escasas fechas, recibió el reconocimiento a su labor con la concesión de uno de los galardones de la III edición de los premios ‘Villa de Canillejas’. Página del Distrito quiso conocer más en profundidad la trayectoria de esta vecina ejemplar.
Para quien no la conozca, que son pocos, ¿quién es María Luisa Martínez, ‘Luisi’?
Soy María Luisa Martínez, he nacido, me he criado y he vivido toda mi vida en Canillejas. Siendo muy joven comencé a trabajar en un laboratorio y tras conocer a mi marido, que era vaquero, me casé, y me vine a la lechería a trabajar.

¿Cómo comenzó con la lechería?
Pues con mucha ilusión y con el objetivo de ayudar a mi marido. Poco a poco, fuimos creando una clientela fiel hasta llegar a repartir leche por todo Canillejas.
Además de la lechería, ¿había que cuidar de los hijos?
Por supuesto. He tenido tres hijos y tenía que estar pendiente de ellos, pero si una se organiza, se puede hacer. Así lo hice hasta los 65 años. Y ahora, pues me quedé viuda hace nueve años y aquí sigo disfrutando de la vida.
¿De dónde venía esa leche?
De las vacas que tenía mi marido en lo que actualmente es la calle Miguel Yuste. Ahí tenía la vaquería, así como otra lechería que tenía en la calle Alcalá.
¿Cómo era Canillejas cuando usted era niña?
Pues, bien distinta. Eran todas casitas bajas. Casi todo era campo. Muy diferente al de ahora. No había aceras, las calles eran caminos de tierra y en casi todas las casas había pajares y establos para el ganado.
¿A qué hora se levantaba usted para despachar la leche en aquella época?
Me levantaba pronto, siempre. Toda la vida me levantaba a las seis. Desde que trabajé en el laboratorio hasta después para vender la leche. Siempre he sido una persona madrugadora, salvo ahora, que, quizá al no tener obligaciones, me levanto más tarde. Aunque yo soy de las que me levanto todos los días y en la casa limpio el polvo, friego y hago mis cositas. Luego, al mediodía hago un poquito de comida porque ahora me da pereza, pero la hago. Después me pongo a rezar el rosario para pedir por todos los de Canillejas. Y por la tarde salgo a la calle.
¿Se acuerda de cuánto valía un litro de leche en aquella época?
No me acuerdo, quizá 30 céntimos. Lo tenía que apuntar en la libreta para poder cobrar después. Eso sucedía en cualquier tienda. Llegaba el viernes o el sábado cuando te pagaban. Cuando cobraban, decían: ‘Oye, ¿cuánto te debo?’
¿Se acuerda usted de sus primeros clientes?
Pues casi todo el barrio de Canillejas. Se vendía en las fábricas, en la lechería que teníamos aquí en la plaza de la Villa de Canillejas, antes llamada Mora de Rubielos. Tengo un bonito recuerdo de ellos, porque no solo eran clientes, eran vecinos y amigos.
¿Cuánto tiempo estuvo con la lechería en total?
Desde que me casé a los 28 años hasta que me jubilé a los 61 años. Alrededor de 33 años, un largo tiempo que aún recuerdo con cariño y nostalgia.
En todos esos años, ¿imagino que tendría cantidad de anécdotas que contar?
Muchas y muy bonitas, pero lo más importante es que venían y se ponían un ratito a hablar conmigo, me entretenían. Al final, la lechería, además, era un punto de encuentro para todos los vecinos.
Ha conocido Canillejas desde que era un pueblo hasta ser barrio de Madrid. ¿Cómo vio que pasase de ser un pueblo a ser un barrio de Madrid?
Creo que no había grandes diferencias. Lo que no ha gustado es que el nombre de Canillejas vaya después del de San Blas. Porque San Blas existe desde hace 60-70 años y Canillejas tiene una larga historia detrás.
¿Qué queda de ese Canillejas antiguo?
Cada vez menos. Recuerdo esas casas bajas que se llamaban los Pitañares, que estaban en lo que hoy es la calle San Mariano. El edificio que albergaba el antiguo Ayuntamiento. Las casas de las Suizas, que era el colegio de Las Abuelas.
¿Si tuviera que quedarse con un recuerdo de todo este tiempo?
Yo me quedaría con todo el público de Canillejas, y los que no son de Canillejas también. Con mucha gente. Porque yo voy por Canillejas y todo el mundo me habla y me dice. Y me quedaría con mi iglesia de toda la vida, Nuestra Señora de la Blanca.
Y por último, Canillejas le debe mucho a usted. ¿Usted se siente querida por el barrio?
Mucho. Mucho. Lo mismo por los que llevan aquí desde niños hasta los que llevan menos tiempo.
