Las calles de San Blas se convierten en un plató de cine
El largometraje “Toda la suerte del mundo”, que supone el debut como directora de nuestra ilustre vecina Esther Ortega, se rodó el pasado verano en las calles del Distrito de San Blas-Canillejas.
La película busca honrar a quienes en la década de los 80 vivieron la epidemia de la heroína en toda la periferia madrileña. Producida por AF y Match Point, la producción cuenta con Jaime Lorente y Carolina Yuste (ganadora del Premio Goya a la mejor actriz protagonista por “La infiltrada”) en los papeles principales.
Siendo apenas unos adolescentes, Paco y Alí se enganchan a la heroína, al igual que gran parte de sus amigos en San Blas. Desde la mirada de su hija Esther, primero como niña y después como adolescente, descubrimos la historia aún no contada hasta ahora de cómo la heroína causó estragos, arrasó familias y barrios enteros en nuestro país.

“Toda la suerte del mundo” es la historia de una familia unida por un amor casi indestructible, que consigue superar los malos momentos y seguir hacia delante contra viento y marea, no sin ver antes cómo la inmensa mayoría de sus amigos fallecían a causa de la droga. Un recorrido vital desde la empatía, la cercanía y la comprensión.
Esther Ortega (Madrid, 1974) es actriz, directora y guionista. Formada en el Laboratorio Teatral William Layton, ha desarrollado una sólida trayectoria en teatro, cine y televisión tanto en España como en Italia.
En televisión ha participado en algunas de las series españolas más reconocidas como “Desaparecida”, por la que ganó el Premio a Mejor Actriz Internacional en el Festival de Montecarlo, así como en “Antidisturbios”, “Madres”, “Cardo” y “La última”. En teatro, ha destacado en obras como “Los nadadores nocturnos” (galardonada en los Premios Max en la categoría de Mejor Espectáculo Revelación) o Fortune Cookie.
En cine, ha trabajado en títulos como “La mano invisible”, “Ponys” (por el que recibió múltiples premios a Mejor Actriz en festivales nacionales) y “Amor, curiosidad, Prozak y dudas”, por la que obtuvo una Mención Especial del Jurado en el Festival de Cine de Málaga.
Sobre su nueva producción, la directora señala: “Se trata de un proyecto muy personal, en el que se refleja mi juventud, mi familia y mi propio barrio. En la película queremos contar la historia de mi familia y la historia de lo que sucedió en mi barrio. En este caso, San Blas. Hasta el momento hay muy pocas historias contadas desde la periferia y por personas que han vivido estas situaciones”, apostilla Ortega.
Un debut como directora en el que, según afirma, se siente “muy feliz y arropada”. “He intentado crear un espacio seguro para contar historias y trabajar desde el amor, la calma y el compromiso”, explicó la cineasta. La película tiene previsto su estreno en 2027 y actualmente se encuentra en fase de montaje para “tenerla preparada a la mayor brevedad posible”. El equipo confía en lograr la selección en algún festival de clase A, lo que supondría un impulso clave para la visibilidad del largometraje.
Ortega nos habla de su niñez: “El Gran San Blas” era esa gigantesca superficie en construcción frente a la que se bajaban del tranvía Mary Carrillo y José Luis López Vázquez buscando “El pisito”. Muchos miles de infraviviendas, sin apenas infraestructuras.
“En 1967, en San Blas, se contaban más de 11.000 niños en edad escolar, pero apenas 4.000 plazas en colegios públicos. Era un barrio obrero, pobre y lleno de jóvenes donde la unión de la gente, sobre todo a través de asociaciones vecinales, consiguió mejoras sociales muy importantes. Un barrio lleno de necesidades, pero también de movimiento y efervescencia, donde los nuevos aires de libertad lo llenaban todo de futuro y posibilidades”.
“Y ahí crecían mis padres y yo hasta que por una situación bastante azarosa y con enormes dosis de desinformación, mis padres probaron la heroína por primera vez con veintiún años. Y todo comenzó a cambiar, a deteriorarse, dentro y fuera de casa.
Los jóvenes del barrio, la mayoría en paro, se enganchaban en masa, entre ellos, todos los amigos de mis padres, y la mayoría de las familias no podían hacerse cargo del cuidado de los adictos debido a la falta de recursos y de espacio; en poco tiempo, las calles se iban llenando de delincuencia y degradación. De muertos vivientes. La solidaridad empezó a desaparecer debido a la dureza de la situación y la convivencia se convirtió en un “sálvese quien pueda”, concluye”.
Asistimos a su recorrido vital desde la cercanía y la comprensión. Sin lugares comunes, sin disfraces, sin narradores que se sienten por encima de sus personajes, sin metáforas huecas, sin intenciones moralistas. Y todo esto es posible porque la propia existencia de esta película es algo excepcional, porque parte de un hecho altamente improbable: la niña Esther es ahora la guionista y directora Esther Ortega, quien ha conseguido, contra todo pronóstico, sortear los obstáculos que la vida puso en su camino y adquirir la madurez, la perspectiva y los conocimientos necesarios para contar esta historia.





