Jóvenes para la pandemia, la otra mirada

Comienza diciembre de 2020, el último mes del año de la pandemia. Con la incertidumbre aún de cuándo podremos tener una vacuna, la realidad diaria se centra en si crecen o se reducen los contagios y las muertes. En relación con esto, uno de los grupos que más atención social y mediática ha recibido por su comportamiento son los adolescentes y adultos jóvenes.

Esta situación nos ha cambiado la vida a todos, pero en cada etapa evolutiva ha afectado de forma distinta, por las respectivas necesidades sociales y de desarrollo. Recuperando una histórica frase del pensador y filósofo español José Ortega y Gasset “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo” pretendo recordar que el contexto con el que interactuamos nos ayuda a entender qué es esperable de nosotros en cada momento.

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En el caso de los adolescentes, su etapa biológica y social les lleva a definir quiénes son, a descubrir cuáles son sus límites y a actuar contra ciertas normas establecidas, porque no perciben adecuadamente los niveles de riesgo. Todo padre sabe(por haberlo visto) y todo adulto recuerda (por haberlo vivido) quela adolescencia es el periodo de rebeldía y desafío por excelencia: ¿qué normas incumplíamos nosotros cuando éramos jóvenes? Además, ese comportamiento no se limita al ámbito familiar, sino que se aplica en todos los contextos en los que interactúa: el escolar, el deportivo, el artístico y por supuesto, el social, aunque implique una pandemia. También es fundamental en ese periodo que viven el contacto con sus iguales, el descubrimiento del amor, de los cambios corporales debido a las hormonas y el sentimiento de pertenencia al grupo. Si bien esto podrían suplirlo en cierta medida de manera virtual, se les lleva diciendo años que no abusen de las tecnologías y del tiempo que pasan frente a las pantallas. Como resultado, ahora se encuentran confusos por no saber cómo invertir su tiempo y satisfacer las necesidades más primarias que sienten.

En el caso de los adultos jóvenes, que ya han pasado la adolescencia, pero aún no tienen la estabilidad económica y emocional que les gustaría, se encuentran en una situación social igualmente complicada. Algunos tuvieron que enfrentarse a la crisis de 2008 justo cuando empezaban a incorporarse al mercado laboral, y ahora, sin haberse recuperado totalmente aún, se ven de nuevo sin ingresos ni certeza en lo personal y lo laboral. Además, son el grupo de edad que pueden estar perdiendo a dos generaciones: a sus padres y a sus abuelos. Por estos factores, entre otros, es por lo que son de los grupos de edad que más trastornos psicológicos está sufriendo durante esta pandemia.

Y es que nadie está preparado para aguantar incertidumbre tanto tiempo y sin apenas respiro o tranquilidad. Sabemos que la situación cambiará, pero no sabemos cuándo y esa es de las mayores incógnitas a las que nos llevamos enfrentando muchos meses. Como ya comenté en anteriores publicaciones es necesaria una buena gestión de las emociones para evitar el desarrollo de distintos problemas psicológicos, y, por ejemplo, salir de casa, hacer actividades gratificantes, centrar la mente en lo que estamos haciendo en ese preciso momento o juntarnos con personas que nos hacen sentir bien son distintas vías de escape emocional a la frustración que podemos estar sintiendo ahora.

No hay una forma correcta de superar un hecho y menos tratándose de algo tan nuevo y prolongado en el tiempo como esta pandemia. Pero sí que hay muchas formas adaptativas de enfrentarse a lo que estamos viviendo y cada persona estamos encontrando las nuestras: centrarse en el momento presente intentando reducir la preocupación por el futuro y la tristeza por lo pasado, haciendo cosas que nos hagan sentir bien, detectando nuestras necesidades e intentando cubrirlas, conectando con nosotros mismos o dando y recibiendo cariño. Porque, aunque ahora debamos reducir al máximo nuestros contactos sociales, son una parte inherente del ser humano y una necesidad muy potente; tanto es así que hasta en época de guerras se hacen hijos.

Los medios culpan a los jóvenes por su comportamiento con campañas agresivas como las de Metro de Madrid, pero no dirigen su foco hacia los vagones repletos en hora punta ola falta de recursos de la sanidad pública. No se suele recordar que los contactos sociales ayudan a mitigar los problemas psicológicos y que son los que mantienen a flote los pocos negocios que sobreviven a este duro momento .Como resultado, los jóvenes son, probablemente, uno de los colectivos no profesionales que más presión y juicios mediáticos están soportando.

Esa atención sobre lo negativo (señalar el comportamiento de unos pocos cuando la mayoría se comporta responsablemente) buscando culpables en lugar de proponer soluciones, ayuda a aumentar la rabia de unos y la frustración de otros. Habría que hacer un esfuerzo por entender las necesidades que llevan a comportarse así a cada edad, porque ¿qué haríamos nosotros si estuviésemos viviendo la juventud ahora?

Daniel Pérez, psicólogo