Vivimos en una sociedad machista, pero podemos cambiarla

Psicologia marzoCon motivo del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, me gustaría dar un punto de vista psicológico a una lamentable realidad presente en nuestra sociedad: el machismo. Según la RAE este fenómeno se define como “una forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón”. En uno de los ámbitos en los que se manifiesta más claramente (aunque no solo) esta lacra es en el número de víctimas que produce: los datos de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género informan que en 2019 hubo 55 mujeres muertas por culpa del machismo.

Para entender por qué las personas tienen comportamientos machistas tenemos que comprender primero que no es una idea que surja de forma innata, sino que se aprende, desde pequeños, a través de los valores que transmite la sociedad (familia, amigos, colegio, medios de comunicación, etc.). Históricamente los hombres han fomentado una desigualdad entre géneros mediante el uso del poder. Que la mujer necesitase permiso de alguna figura masculina para votar, abrir una cuenta del banco o salir de casa son formas de control que se practicaban, o siguen practicando desgraciadamente, en ciertos países. Esta desigualdad se asume culturalmente y se transmite, siendo así legitimada. Uno de los primeros aprendizajes sociales son los roles de género. Mediante frases como “los hombres no lloran” o “así no se comporta una señorita” se está definiendo qué se espera de las personas de cada género.

Comentarios como “mujer al volante, peligro constante” o “no me gusta que te pongas eso” son algunos de los ejemplos (que a veces pasan desapercibidos) de la idea de superioridad que se transmite de los hombres frente a las mujeres, así como del papel pasivo que deben adoptar éstas en sus relaciones y en la sociedad. Cuando una persona es educada en la idea de que el hombre y la mujer no son iguales ni merecen los mismos derechos, es probable que luego lleve a cabo conductas congruentes con esa educación. Y me refiero a personas porque tanto los hombres como las mujeres podemos tener comportamientos machistas.

Por otro lado, el mito del amor romántico y la búsqueda constante de esa “media naranja” que nos complete, nos transmite la idea de que somos seres incompletos que necesitamos a otra persona para sentirnos realizados, fomentando así la dependencia psicológica y disminuyendo la autosuficiencia. Además, las relaciones amorosas son uno de los principales contextos en los que se desarrollan malos tratos, y que se explican por el ciclo de la violencia: en el transcurso de la relación aparecen comentarios de control “anda, ¿te vas a poner esa falda?” – fase de tensión – a lo que le sigue la fase de agresión (verbal o física) “te lo digo porque te hace un poco gorda”, y que al final siempre está seguida de la fase de luna de miel, donde la persona se arrepiente y promete que no volverá a ocurrir jamás; pero ocurre y se repite todo el proceso.

Desafortunadamente, no siempre estos comportamientos y actitudes son fáciles de identificar. Es muy sencillo reconocer las conductas dañinas cuando son visibles, como por ejemplo la violencia física, pero como dice Pamela Palenciano, no solo duelen los golpes. Aunque no es tan sencillo cuando se producen de forma más sutil como la violencia verbal, la dependencia psicológica “nadie te va a querer como yo”, los celos y la posesividad “si seguimos hablando se va a enfadar mi novio”, o incluso en ámbitos lejanos a la pareja, como el laboral. Según estadísticas de la OCDE, hay más mujeres que hombres con estudios universitarios, pero, en promedio, cobran menos que los hombres con su mismo nivel educativo. Cuesta entender cómo siendo más las mujeres con formación superior, la gran mayoría de puestos directivos de empresas están ocupados por hombres –este fenómeno recibe el nombre de techo de cristal–.

Seguir fomentando estos valores favorece que se desarrollen comportamientos de este tipo; pero no está todo perdido. Pese a que seguimos viviendo en una sociedad machista, lo cierto es que cada vez más personas –tanto mujeres como hombres– se dan cuenta de esto y empiezan a actuar para cambiarla. Lo más importante es tomar conciencia, y el siguiente paso es cambiar ciertas ideas para que acaben cambiando los comportamientos. La educación es el arma más efectiva contra la ignorancia y el miedo. Uno de los caminos para acabar con el machismo es promover la igualdad (hombres y mujeres no somos iguales, pero tenemos los mismos derechos), deconstruir los estereotipos y roles de género (puedes ser un buen hombre/mujer aunque te comportes de X forma) y especialmente detectar las primeras señales de control, ya que, como he mencionado antes, la violencia física es solo la punta visible del iceberg.

En último lugar, me gustaría celebrar que esta sociedad se va acercando cada vez más hacia el feminismo, que no es el antónimo del machismo como se cree erróneamente, sino, acorde a la RAE, el “movimiento que lucha por la realización efectiva […] de la igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Y es que, para frenar el machismo y sus consecuencias, es necesario que contribuyamos tanto mujeres como hombres.

 

Daniel Pérez

Psicólogo graduado por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente cursa el Máster en Psicología General Sanitaria en la Universidad Alfonso X El Sabio. Sus pasiones profesionales son la práctica clínica, la investigación y la divulgación de la Psicología para acercársela a la gente.